Mi querida señora madre se va a enojar conmigo si lee esta columna, con ese pudor suyo tan propio de guardarse los problemas y las inquietudes, en lugar de compartirlos con el resto del mundo.

Hace unas semanas, mi pobre vieja se sumó a la lista de 600 personas que han sufrido mordidas de perros en Punta Arenas en el último año. Sus casi diarias caminatas al centro están suspendidas, muerta de miedo de que le pase otra vez. A la fuerza ha tenido que hacerse cliente frecuente de los taxis, para poder llegar segura de punto a punto. Y, aunque nunca les ha tenido mucha simpatía a los canes, ahora como nunca alega a voz viva contra ellos, añorando los tiempos en que Magallanes tenía perrera.

Si hay alguien a quien achacar responsabilidades en este problema, sin embargo, no es a los perros, sino a los humanos.

En el caso de mi madre, ni siquiera fue un quiltro el que la mordió, sino un perro grande y bien cuidado que andaba suelto por la calle, a pesar de tener “dueño”. El personaje en cuestión ni se inmutó, cuando le fueron a tocar la puerta para contarle que su regalón había atacado a una señora mayor. Con una amiga tuvo que partir mi madre al hospital, para que le hicieran las curaciones del caso. Y no me cabe duda de que hoy su canino atacante sigue libre por las calles, como si nada hubiera sucedido, mientras el propietario se abanica tranquilo, ajeno al peso de la ley civil o criminal.

¿Qué se necesitará que pase en nuestra ciudad para que la tenencia responsable de mascotas deje de ser letra muerta y se convierta en realidad? ¿Tendrá un doberman en furia que comerse viva a la nieta de algún seremi? ¿Habrá que esperar que una jauría ataque a las cohortes municipales durante un acto solemne? ¿Cuántos puntarenenses más serán víctimas de estos pobres animales –porque de ellos no es la culpa– dejados a merced de sus irresponsables dueños y de la lenta reacción de las autoridades?

La diferencia entre un país civilizado y uno bárbaro como Chile (al menos cuando se trata de regular la propiedad de mascotas), no la hacen los genes ni la cultura, sino las leyes que se hacen cumplir. Aunque esto ya lo he dicho en otras columnas, lo repito: si los chilenos hoy usamos cinturón de seguridad, no es porque seamos más iluminados que las generaciones anteriores, sino porque el uso del cinturón se fue grabando en la psiquis colectiva a fuerza de partes contundentes, campañas insistentes y educación. De la misma manera, lo único que acabará con los perros callejeros es una normativa que se haga cumplir, que castigue a los dueños irresponsables con multas contundentes y hasta penas criminales, cuando por su negligencia ponen en riesgo la vida de inocentes.

Lo que se necesita son medidas concretas y fiscalización. Primero que nada, inscripción obligatoria de mascotas, y que éstas no puedan salir a la calle sin correa. Esterilización masiva de machos y hembras. Que perro suelto que haya termine en un canil, financiado – en parte al menos– con el dinero de los registros y de las multas de quienes violan la ley. Y eutanasia como último recurso, para quienes no tengan dueño o sean abandonados; un final mucho más agradable, en todo caso, que una vida de miseria, hambre y frío por las calles de nuestra austral ciudad.

No sé cómo estará el currículum de educación media a estas alturas del nuevo milenio, pero yo que salí del colegio en el anterior recuerdo que había un ramo llamado “Educación Cívica”, donde se enseñaba una majamama de contenidos teóricos y habilidades prácticas, sin mucha forma ni propósito. Recuerdo, por ejemplo, que se veía la composición del Congreso y los tipos de voto; pero también aprendíamos a distinguir entre una cuenta corriente y una cuenta vista. El objetivo del ramo, reflexiono ahora, estaba muy lejos de llenarse con esa malla. Si algo debiera hacer un curso de educación cívica es entrenarnos en nuestro rol de ciudadanos, haciéndonos conscientes de los beneficios y responsabilidades que ello implica: más que a memorizar el número de senadores, a comprender la importancia de la participación política en nuestras vidas; y en lugar de enseñarnos a llenar cheques cruzados, a distinguir precisamente el papel de consumidor del de ciudadano, haciéndonos conscientes de que nada bueno puede venir de ejercer sólo el primero, olvidando el segundo.

El “invierno de los estudiantes”, el “verano aysenino”, el “otoño calameño” y las protestas que se multiplican en el mundo contra una clase política no representativa, las austeridades por decreto, las ideologías disfrazadas de técnica, y cientos de medidas tan legales como ilegítimas confirman, sin embargo, que con o sin educación cívica los seres humanos sabemos ser políticos al final del día. El zoon politikon (el animal político tan bien descrito por Aristóteles) es el que está reapareciendo hoy en las noticias. Esto, a pesar de quienes preferirían hacerle creer que todas las decisiones del Estado son neutras, científicas, objetivas, y de que es mejor dejar en manos de los “expertos” lo que en realidad debería ser materia de discusión democrática. Pero, ¿por qué ha despertado ahora este animal político, después de varias décadas hibernando? ¿Qué ha hecho salir al zoon politikon de su cubil?

Déjeseme esbozar aquí tres razones, todas las cuales parten de algún tipo de cansancio.

La primera es que la gente se cansó de consumir por decreto. Cuando unos señores de rostro serio y bien trajeados nos dicen que la única manera de salvar al país es reactivando el consumo, tienta creerles. Cuando ello se traduce a la vida misma, sin embargo, el mandato es absurdo: si no compra, está fallando a su deber cívico; suya será en parte la causa de la recesión; ¡si no gasta plata, es un mal ciudadano! Que hay algo que huele podrido en un sistema que funciona sobre esa premisa es una de las razones del descontento generalizado.

La segunda razón es cansancio de que siempre sean los mismos los que salen ganando. En el caso de Chile y de todos los países cuya fuente de riqueza son los recursos naturales, es cansancio de que un par de multinacionales de un puñado de privilegiados chilenos y extranjeros se lleven la mayor lonja de un queque que arbitrariamente se corta a su favor. ¿Por qué no cambiar el corte por otro quizás igual de arbitrario, pero al menos más equitativo?

La tercera razón es cansancio de que los representantes no nos representen. En lugares como Estados Unidos, la falta de representatividad –y, por tanto, de legitimidad– de los partidos políticos ha alcanzado niveles de absurdo. Pero en países como Chile tampoco estamos lejos de ese escenario. Parlamentarios que se suben el sueldo mutuamente, mientras el 15 por ciento de sus representados sigue en la pobreza; propuestas de gobierno que le llaman “reforma” a lo que no alcanza ni para “rasguño” tributario, y políticos que sólo saben ponerse la camiseta por ellos mismos son parte del paisaje que ya no queremos ver.

Somalia, en el cuerno de África, es un país casi desconocido para la mayoría de los chilenos. Su nombre evoca –si es que evoca algo– niños desnutridos, mujeres escuálidas arrastrando una fuente con agua al hombro, carcazas de vacas muertas de inanición pudriéndose a la orilla de polvorientos caminos, ayuda humanitaria, campos de refugiados, médicos sin fronteras… en fin, nada que queramos visitar en nuestras próximas vacaciones.
Desde 1991, esta nación de siete millones de habitantes no tiene un gobierno estable. Ese año fue derrocado el general Siad Barre, y desde entonces diferentes guerrillas se han enzarzado en una disputa por el poder central. Aunque existe un gobierno de transición desde 2004, la verdad es que la mayor parte del país aún carece de esas institutiones mínimas de un estado civil, sin las cuales la vida se transforma más bien en sobrevivencia. Dos de las instituciones que más de menos se echan, en particular, son la guardia costera y la Armada, que al dejar de existir dejaron en manos de nadie 3,330 kilómetros de costa.
Pronto, buques factorías principalmente provenientes de Europa y Asia comenzaron a saquear sus aguas, ilegalmente, no reportados e indocumentados. Sin pagar impuestos ni royalties, atemozarizando y matando a los pescadores locales y usando métodos como explosivos y redes de arrastre, se calcula que cada año sacan en atunes, camarones, tiburones y langostas unos 300 millones de dólares, más que lo que las Naciones Unidas pidió el año pasado donar para paliar la hambruna que azotó el interior del país. Además de convertirse en el paraíso de la pesca ilegal, las aguas somalíes se transformaron también en el basurero preferido para las compañías europeas que querían deshacerse a bajo costo de sus desechos tóxicos, desde uranio hasta plomo y mercurio. Los barriles oxidados y rotos arrojados durante años cerca de sus costas salieron a la luz en el tsunami de 2004, y como consecuencia cientos de personas murieron y muchos más hoy todavía sufren las consecuencias. Mientras las noticias se centraban en los pobres turistas arrasados por la ola de Tailandia, pocos repararon en estos otros muertos, olvidados de la comunidad internacional.
Quienes conocen la situación en Somalia –donde un 80 por ciento de la población es analfabeta y tres cuartos viven con menos de dos dólares diarios– no se sorprenden de que hoy el país se esté haciendo famoso por sus feroces piratas que, dicen, partieron como simples pescadores intentando proteger sus  aguas a falta de un autoridad que lo hiciera por ellos. Cierta o no esta versión de los eventos, si algo es claro es que el florecimiento de la piratería es el resultado lógico de la falta de oportunidades de los hombres jóvenes de ese país, y del desconocimiento de esa otra piratería que lleva ya dos décadas practicándose: la de los buques-factorías extranjeros y la de quienes convirtieron sus aguas en un basural tóxico. Sin tomar en cuenta esta parte de la historia, difícil será que la comunidad internacional se gane su confianza.

Para el 29 de abril se prepara el evento solidario “Chile Abraza a Punta Arenas” en el Teatro Municipal de Las Condes. Habrá tenores, animadores deportivos y futbolistas jubilados; uno que otro cantante pop y una que otra estrella de la farándula. Si se logra “sensibilizar” lo suficiente al empresariado y a la ciudadanía, se esperan recaudar 300 millones para la reconstrucción de la ciudad tras el aluvión del 11 de marzo pasado. De manera gratuita, por pura y humana empatía, los hermanos chilenos (desde Santiago, por supuesto), relajarán los bolsillos y practicarán conscientemente la teoría del chorreo, entregando lo que les sobra con actitud benefactora. Ser caritativo sienta bien y se siente bien. Y si no, pregúntenle a Thomas Hobbes, el filósofo del egoísmo por excelencia, quien daba limosnas –según él– por puro placer.

Aunque quizás debiera conmoverme tanta filantropía, la verdad es que no ando de genio para ella. El desastre que dejó la salida del río, las cientos de viviendas destruidas, las toneladas de barro en las calles y los millones de pesos de pérdidas para el comercio y demás actividades productivas no se solucionan dando abrazos, sino tratando a los afectados con el respeto que se merecen. Creo que, en este caso, la justicia y la caridad se están confundiendo, y se está haciendo pasar por la segunda algo que es materia de la primera.

No sé lo que dirán las leyes, pero imagino que –como ciudadanos y contribuyentes al erario nacional– existirá algún fondo al cual los puntarenenses tengan el derecho a recurrir en situaciones como ésta. Antes de organizar cantatas, debería ser el Estado el que se hiciera cargo de financiar la reconstrucción, o al menos de aliviar la carga para quienes se vieron afectados por la emergencia. Leo, sin embargo, que los fondos no son suficientes y que, si no es con la generosidad de Levantemos Chile, mi ciudad natal seguirá en el suelo por un buen rato. Y entonces me baja la rabia ante la injusticia.

Sí, injusticia, porque no puedo creer que en un país pequeño y con tantas riquezas como el nuestro sus habitantes tengan que fiarse de las migajas de otros compatriotas cuando algún evento inesperado (y del cual no fueron en lo más mínimo responsables) los saca de la normalidad. A Chile no hay que levantarlo, porque ya está arriba, con el precio del cobre sin ánimos de caer, con las reservas de litio esperando su momento estelar, con el tesoro pesquero disperso en cuatro mil kilómetros de costa y con un potencial turístico que apenas comienza a aprovecharse. El desafío es más bien levantar a los chilenos, para que nuestro propio país no nos deje atrás con sus números brillantes.

Si para algo sirven desastres como el aluvión es para darse cuenta del tipo de sociedad en que se vive y del tipo de instituciones que hemos construido. Y cuando se tiene que empezar a pedir por favor algo que es simplemente debido, pues entonces es la hora de sentarse y ver cómo rediseñar dicha sociedad y dichas instituciones.

Casi me sentí orgullosa al descubrir que, en la lista de los cien más billonarios del mundo, publicada por la revista Forbes, figuran tres compatriotas con sus respectivas familias. Considerando el tamaño físico, demográfico y económico de nuestro país a nivel planetario, no es menor contar con tal nivel de estelaridad.
De entre los 1.400 millones de chinos, por ejemplo, sólo uno figuraba en el ranking, mientras que nosotros, apenas 16 millones de chilenos, ¡contamos a tres! Claro está, muy atrás quedamos de Estados Unidos o Rusia, con 36 y 12 billionarios entre los top cien, respectivamente, pero les ganamos a tradicionales economías europeas, como Italia, y empatamos con Alemania y Francia. ¡Gran triunfo!

¿Gran triunfo? Mirado con más detenimiento, el ranking Forbes de los cien más billonarios del mundo es en realidad un llamado de alerta y un buen signo del cauce que toma el “crecimiento económico” en diferentes países. Economías que gozan de los más altos PIBs per cápita del mundo y de los menores niveles de desigualdad socioeconómica (como Noruega y Suecia) apenas aparecen representados en esta lista. Es decidor que el único noruego que alguna vez formó parte de ella, el armador de barcos John Fredriksen, decidió hacerse chipriota para que no se le siguieran yendo los billones en impuestos; algo que, a mi juicio, habla tan mal del sistema tributario de Chipre como bien del noruego.
Al contrario, países en rápido y desesperado desarrollo y con débiles sistemas tributarios suelen contar a un creciente número de billonarios en sus flancos, al tiempo que la brecha entre sus más ricos y más pobres va haciéndose cada vez más profunda. Así, por ejemplo, varios latinoamericanos figuran en la lista, empezando por el magnate número uno del mundo, el mexicano Carlos Slim, con una fortuna estimada en 69 mil millones de dólares, y el empresario brasileño Eike Batista, con 30 mil millones de dólares.
El caso de Chile, sin embargo, me parece especialmente digno de analizar. Lidera la lista la viuda de Andrónico Luksic, Iris Fontbona y familia (en el lugar 32), con una fortuna estimada en casi 18 mil millones de dólares. La siguen Bernardo, Patricia y Eliodoro Matte con 10 mil millones (en el lugar 86), y Horst Paulmann y familia, con más de 9 mil millones, (en el lugar 98). ¿Cómo hacer sentido de esta sopa de millones?
Si se toma como unidad de medida el nuevo hospital de Punta Arenas, que tuvo un costo aproximado de 90 millones de dólares, pues entonces basta con dividir las fortunas por este monto para ver cuántos hospitales similares podrían costear sin problema los tres peces más gordos de Chile. Respuesta: unos 422. Si se prefiere tomar como unidad de referencia el costo de la reconstrucción después del terremoto del 27 de febrero (unos 25 mil millones de dólares) pues entonces resulta que Fontbona, Matte y Paulmann juntos podrían financiar un terremoto… y medio. En términos porcentuales, además, las tres fortunas representan casi un 12 por ciento del producto interno bruto de Chile. Proporcionalmente, esto significa que su peso en la economía total se siente fuerte y que por tanto no sólo son ricos, sino poderosos.
El billonario estadounidense Warren Buffett pidió el año pasado que le subieran los impuestos. Con una fortuna estimada en 44 mil millones de dólares, pagar la (para él) módica suma de 7 mil millones de dólares le parecía excesivamente poco. ¿Habrá entre nuestra ilustre lista de chilenos Forbes alguno que se sume a dicha iniciativa? En un país como el nuestro, donde la reforma tributaria se hace urgente, hacerlo parecería un asunto de mínima decencia, por decir lo menos.

Esta columna también puede leerse en El Magallanes

Visitar el supermercado puede ser una experiencia abrumadora por el exceso de oferta: ¿Cuál cereal elegir para los retoños, cuando las opciones ocupan medio pasillo de arriba abajo, y vienen en todas las formas, texturas, colores y precios? ¿Qué aliño echarle a la ensalada, cuando al clásico trío limón-aceite-sal se suman el Mil Islas, Exótico, Thai, bajas-calorías, et cétera? ¿Cómo decidirse por una marca de café, cuando vienen de diez países diferentes y molidos para cuatro o cinco propósitos distintos?

A continuación, presento una guía que no sólo debiera ayudar a evitarse el dolor de cabeza y la pérdida de tiempo, sino también contribuir a hacer de este mundo un lugar mejor (o, quizás más realísticamente, no contribuir a embarrarlo aún más). Se basa en tres principios fundamentales que, si se quieren respetar, reducen drásticamente la oferta disponible: comprar justo, comprar orgánico y comprar local.

Las campañas de OXFAM en el mundo entero promoviendo los precios justos en productos como el café, chocolate, algodón y arroz han hecho que los consumidores globales recuperen la conciencia del origen de lo que compran. Comprar justo generalmente implica no comprar lo que aparece más barato, y por eso muchas personas se resisten a la idea. Claro, es válido preguntarse para qué pagar 300 ó 500 pesos más por algo que en sabor probablemente será igual, pero lo que esta pregunta olvida es que el costo real de los productos que hoy consumimos no se refleja en el precio. Para graficar esto con un ejemplo personal: cuando viajé a Chiapas, México, en 2003, los campesinos productores de café ese año dejaron que se pudriera la cosecha, porque la entrada al mercado de Vietnam había provocado tal sobreoferta mundial de café que cosechar tenía un costo más alto que lo que ganarían. Como voluntaria de Sexto Sol, una ONG dedicada a organizar a los mini-productores en Chiapas y Guatemala para vender su café a precio justo, me enteré de las cuitas de los campesinos y de los precios miserables que se les ofrecían y que, en realidad, no justificaban ni mover un dedo. Cuando se compra café de “comercio justo”, uno tiene la garantía de que el productor no fue explotado, y que puede llevar una vida digna gracias a su trabajo. 300 ó 500 pesos valen esa diferencia.

Comprar orgánico también suele ser un poco más “caro” (de nuevo, según los estrechos estándares de lo que “caro” significa), pero de nuevo vale la pena. Y aquí, en algunos casos al menos, sí que el producto es indudablemente de mejor calidad. Para qué voy a entrar en la obviedad de comparar un huevo de campo con uno salido de una fábrica de pollos con gusto a harina de pescado, o decir que una zanahoria de huerto es más sabrosa que una de la agroindustria. Aquí, además, hay que sumar los beneficios para el medio ambiente (menos pesticidas en el aire y en las aguas), y para la salud humana (menos pesticidas, menos hormonas, menos antibióticos).

Por último, hacer un esfuerzo por comprar productos locales (o localivorismo) es un tercer criterio útil para hacer las compras.Éstos no sólo suelen ser más ricos –excúseseme el chauvinismo culinario– , sino que se ahorran toda la energía de la distribución y el combustible que eso significa.

Aunque parece difícil, tratar de cumplir con estos parámetros dentro de lo posible simplifica la vida en vez de complicarla. Si no me creen, los invito a hacer la prueba.

Cuando vi la foto por primera vez, me quedé tranquila, pensando que de seguro era una broma; que algún ocioso se había pasado la tarde fotochopeando la clásica postal de Castro, poniéndole al frente un mamotreto impresentable y fuera de toda escala, al lado del cual el hotel Unicornio Azul parece un punto, y la majestuosa catedral de dos torres queda convertida en una animita.
Pero no. Era demasiado malo para ser broma. El mamotreto existe. Está en plena construcción. Será el primer mall de la isla grande de Chiloé, que traerá por fin a la capital comunal el tan esperado progreso del endeudamiento en 48 cuotas, reemplazará milcaos por combos y, sobre todo, pondrá a Castro en el ranking de adefesios urbanísticos de la última década. Me pregunto a dónde andaba el seremi de vivienda y urbanismo, cuando aprobaron semejante proyecto. ¿De vacaciones? Probablemente. Y si no, le recomendaría que se las tome ahora, sin fecha de regreso.
Dicen las pocas noticias disponibles al respecto que el proyecto de 27 millones de dólares de la empresa Pasmar (la misma que construyó los malls Costanera y Paseo del Mar en Puerto Montt) ha violado reiteradamente la normativa municipal; que van cuatro mil metros construidos por sobre lo que se había acordado en el diseño original; que la lista de irregularidades es tan larga que la Dirección de Obras le ha pedido tres veces a la constructora Salfa que paralice la construcción y no lo han hecho.
Si esta total impotencia de la autoridad municipal frente a los dictámenes de la empresa es realmente cierta, ya no sé si es más grave el atentado arquitectónico en sí mismo o lo que dice este hecho sobre nuestra institucionalidad democŕatica. Mientras en 2011 se repitieron hasta el cansancio las escenas de ciudadanos y estudiantes protestando en aras de una mayor justicia social, los que fueron recibidos con guanacos, bombas lacrimógenas y violencia a veces excesiva de las “fuerzas del orden”, quisiera saber dónde están esas fuerzas del orden en este caso, y por qué no les disparan un chorro de agua fría a los ejecutivos de la empresa, para hacerlos entrar en razón (por la fuerza).
Declararse francamente en rebeldía frente a las instituciones democráticamente elegidas en aras del lucro puro y simple debería tener una sanción mayor que la tibia protesta de unos pocos vecinos, quejándose porque les prometieron multisalas de cine que nunca serán construidas.
Me llama la atención el silencio en que este proyecto fue avanzando, totalmente inadvertido para el resto de los chilenos. ¿Cómo es posible que la noticia recién se haga pública cuando la construcción ya se empina muy por encima de las torres de la catedral castreña? ¿Cómo es posible que instituciones como el Colegio de Arquitectos o la Corporación de Amigos de las Iglesias de Chiloé, declaradas patrimonio de la Humanidad por la Unesco, no hayan vociferado en contra, antes de que se concretara? El punto no es si construir un mall o no en la isla; el punto es cómo se construye.
Chiloé fue elegida por The New York Times como uno de los destinos turísticos favoritos para el 2012, por su arquitectura pintoresca y sus ricas tradiciones y costumbres. Pero entre las fotos que aparecen para promocionarla figuran los palafitos y las casas de tejas, no el mall de Castro. Ni modo.

Qué diferente sería si los libros de historia que nos hacen tragar en el colegio y en la universidad fueran tan bien escritos como Villanos de todas las Naciones (Villains of All Nations, en el original inglés) de Marcus Rediker. Éste es un examen crítico, acucioso, profundamente bien investigado y sin torcidas pretensiones de objetividad sobre la época de oro (y de sangre) de los piratas del Atlántico y del Caribe. En la década de 1716 a 1726, afirma Rediker, cerca de cuatro mil marinos de todas las naciones se lanzaron contra los barcos mercantes en esta ruta y capturaron cientos de ellos, quemándolos, hundiéndolos o apropiándoselos, frente a la furia de sus dueños y de las autoridades de Europa y las colonias de Norteamérica.

Contra el discurso establecido, donde los piratas se pintan como mercenarios sedientos de riqueza, sin Dios ni ley, Rediker propone una lectura mucho más matizada del asunto. Los piratas eran pobres diablos que, sin nada que perder y aburridos de los abusos habituales de los capitanes, decidieron armar sus propias leyes y su propia leyenda. Cierto, en su mayoría se burlaban de la religión y no le temían a la idea de arder eternamente en el infierno. No guardaban tesoros ni pensaban en acumular riquezas –como sus enemigos– sino que preferían gastarse el botín apenas llegados a puerto, fieles a la máxima de carpe diem.

Pero tenían leyes, y leyes estrictas, sólo que no eran las del status quo, que beneficiaban a un puñado de mercaderes y capitalistas a costa del abuso de una mano de obra que se consideraba casi desechable. Según Rediker, en el mejor de los casos, “los piratas construyeron su propia y distintiva sociedad igualitaria, eligiendo democráticamente a sus oficiales y capitanes, dividiendo el botín equitativamente y manteniendo un orden social multinacional.” Muchos eran africanos liberados de los barcos de esclavos que, sin chance de volver atrás, eran aceptados por las tripulaciones mayoritariamente europeas. Algunos incluso eran algunas, como Anne Bonny y Mary Read, disfrazadas de hombres y liberadas de las restricciones que se les imponían en sus respectivas sociedades.

Su bandera negra, el Jolly Roger, resumía sus principios: navegar bajo el signo de la calavera era navegar asumiendo que no pertenecían a más nación que a la de los expoliados y explotados, que seguramente vivirían poco, pero que lo poco que vivieran lo vivirían bien. Por supuesto que los había vengativos y sedientos de sangre y destrucción, admite Rediker. Pero éstos no eran la mayoría, tanto que, al contrario de lo que cuenta la historia oficial, durante sus juicios y ejecuciones públicas desde Boston a Londres más de una vez la audiencia (expoliada y explotada como ellos) se puso de su lado.

Sin idealizarlos, Rediker logra sumergir al lector en un mundo con el que grandes y chicos siempre fantaseamos, y da luces de por qué. Algo hay en esta historia que hace recordar a David contra Goliat, y demás está decir con quién se quedan nuestras simpatías.

Uno de los fenómenos que más preocupación me causa dentro del marco económico capitalista en que nos hallamos metidos es que parece ser inevitable que los chicos y medianos se coman a los chicos y medianos, sin darse ni cuenta. Aquí va cómo (y se basa en historias reales).

R, un pequeño agente de viajes tiene que cerrar su oficina, después de diez años de esfuerzo para sacarla adelante. Aunque es experto en el nicho en el cual se especializa –el sur de Chile y Argentina– las ventas han ido bajando año a año, no tanto por la crisis económica cuanto por la aparición de grandes mayoristas que, dada la escala a la que trabajan, pueden ofrecer unos precios con los que ni él ni otros de su tamaño pueden competir. Mientras ve a qué se dedica ahora (quizás, a intercambiar su conocimiento por un sueldo fijo para los mismos peces grandes que se lo comieron), ahorra en las cosas de cada día: cambia sus marcas favoritas por las marcas que ofrece el mega supermercado donde hace las compras, y deja de ir al verdulero de la esquina. Serán mejores sus duraznos, piensa, pero los del supermercado cuestan la mitad.

Después de una vida cultivando duraznos conserveros, C, pequeño agricultor, decide vender su campo vecino a San Fernando a una de las grandes empresas frutícolas de la zona. En los últimos años, entre la sequía y los precios bajos, el negocio no da para más. Antes le pagaban mejor, cuando vendía directo a los pequeños almacenes, pero ahora los grandes distribuidores tienen la última palabra, y hacen con los proveedores básicamente lo que quieren. Cuando ve a cuánto venden los duraznos en las grandes cadenas de supermercados, le duele el estómago: en cinco y hasta diez veces más de lo que le pagan a él… ¡y así y todo la gente lo encuentra barato! Para pasar la depresión, el pequeño agricultor decide tomarse unas merecidas vacaciones: si antes solía comprarle a su agente de viaje, esta vez lo hace por internet, directo con las nuevas mayoristas. Será impersonal el trato, piensa, pero sale harto más a cuenta.

Aunque indirectamente, sin saberlo y sin quererlo R y C están siendo perjudicados por el sistema, al mismo tiempo que contribuyen a su mantenimiento y consolidación. Lejos del sueño de Adam Smith, donde un millón de pequeños capitalistas se dedican a hacer lo que mejor hacen, y compiten con otros pequeños capitalistas, vigorizando de esta manera la industria y también mejorando constantemente la calidad de los productos ofrecidos, hoy nos hallamos en una transición hacia un esquema muy diferente: de vuelta a oligarquías, o hasta monopolios, tan grandes y poderosos que, tras haber arrasado con la competencia, pueden dormirse en sus laureles. Y esto, gracias a la complicidad (culpable o inocente) de los mismos consumidores. Si R no entiende a tiempo que comprándole a la mega cadena está contribuyendo (aunque sea indirectamente) a que éstas revienten a otros chicos como él, tal como a él lo reventaron las mayoristas de viajes, y si C no cae en la cuenta que comprarle a la mayorista es caer en la misma lógica de los que compran duraznos en el mega supermercado, pues parece que no hay salida para este aprieto. Siempre se acusa a los políticos de tener una mirada cortoplacista: pareciera ser que del mismo cargo puede acusársenos a cada uno de nosotros cuando caemos en este juego peligroso.

He sido una usuaria pertinaz de internet desde que empezó a hacerse pública, a mediados de los años 90. Estaba estudiando en Escocia y había aparecido un programa llamado Pine, para mandarles correos electrónicos a aquellos amigos que tuvieran la suerte de tener acceso a él, que no eran muchos. Ya entonces, me di cuenta del potencial de esta herramienta para compartir información. En pocos años, apareció Hotmail, y luego Yahoo, y luego Google. Wikipedia, Youtube, Facebook, Skype y Twitter los siguieron, mientras el uso se masificaba y simplificaba. “Forwardeos”, “attachments” y “posts” se transformaron en terminología diaria, con o sin la aprobación de la RAE (internet está más allá de los organismos jerarquizadores y controladores). Hoy, en menos de dos décadas, la “red” es mi manera de informarme, de comunicarme con amigos y lectores y de interactuar con un mundo al que antes –hace sólo décadas atrás– sólo tenían acceso unos pocos privilegiados: el mundo de la información fresca e inmediata.

Pero he ahí justamente el problema. Internet empodera, y surgen entonces quienes quieren apoderarse de ella y concentrar ese poder en pocas manos. Twitter fue una herramienta clave tanto en las movilizaciones de la primavera árabe como en las del invierno chileno. Por youtube y facebook se denuncian en horas imágenes que a muchos no les gustaría que se vieran nunca. El control de la información, antes jerárquico, se ha democratizado, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Como nunca, existe hoy la oportunidad de pertenecer a una comunidad de intereses global, el sueño cosmopolita.

Algo me dice, sin embargo, que hoy estamos viviendo los años dorados de la información libre, así como los hippies vivieron a fines de los 60 y 70 los años del sexo libre, sin condones ni remordimientos. Y así como llegó el sida y con él el fin de los hijos de las flores, quizás nos esté por llegar un virus que pondrá fin a esta lujuria digital; un virus creado por humanos y del que SOPA y PIPA podrían ser su vanguardia.

El 18 de enero pasado, los principales servidores y páginas web del mundo se “apagaron” en protesta por estas dos leyes que amenazan con ser aprobadas en el Congreso de Estados Unidos, y cuyos resultados funestos podrían sentirse en cada rincón del mundo donde exista un computador conectado a internet. No entraré en los detalles, pero básicamente SOPA y PIPA dan vuelta el peso de la prueba: cualquier página web que se sospeche que avale a quienes violen las leyes de propiedad intelectual de Estados Unidos (música, videos, literatura, etc.) serán prohibidas, a menos que prueben su inocencia. En lugar de llevar a juicio a quienes se cree culpables (por ejemplo, una página que tenga un link a un video propiedad de Fox y no haya pagado los derechos de autor), se los sacará de circuito hasta que prueben su inocencia. En la práctica, con un solo usuario de Facebook que suba a su página una canción de su artista favorito del sello Warner, Facebook puede ser acusado de violar la SOPA y el sitio puede hacerse inaccesible para sus otros millones de usuarios –al mejor estilo chino.

Cuando los expertos de Silicon Valley dicen que esta ley estadounidense podría significar el fin de la era del compartir digital, les creo. Y cuando los que se empeñan en convertirnos en consumidores pasivos tratan de vender al mundo su ley como una protección contra los piratas, enarco las cejas como Mafalda. Esta SOPA no me la tomo, señores.

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