05/12/09 Ni pollo ni bistec

A una semana de las elecciones presidenciales, deduzco que el tema elegido para esta columna será recibido con abucheos por la mayoría de los lectores. Mis perdones desde ya, pero cuando queda tan poco para la celebración de ese domingo cívico (única instancia, para muchos como yo, de expresión del animal político que todos llevamos dentro), no puedo sino referirme a la opción más despreciada, pero no por ello menos potente: el voto nulo.
Por encontrarme a 11.335 kilómetros de mi circunscripción electoral, me hallo excusada de no votar, pero quizás por eso mismo me siento obligada a opinar; y mi opinión es que nadie debería avergonzarse de anular, si ninguna de las opciones le convence.
“Voto nulo es voto perdido”, me dicen mis amigos, cuando les presento esta idea. “El voto nulo es un símbolo”, les respondo. He aquí una analogía. Como vegetariana que soy, si voy a un restorán y el menú del día es pollo o bistec, no pido ninguno, y nadie puede obligarme a hacerlo. Cuando esas son las alternativas posibles y no hay más, no elijo ni la una ni la otra; paso. “Pero eso es lo mismo que votar en blanco”, dice entonces mi interlocutor perspicaz. “No exactamente”, digo yo. Mientras el voto blanco es considerado válidamente emitido y se define por su neutralidad, el voto nulo es sincera protesta, un libre rehusarse a elegir “el mal menor”. En primera vuelta, al menos, el voto nulo es una advertencia para los candidatos (o cocineros, para seguir con la analogía) de que van a tener que repensar su programa (o menú) si no quieren perder el respeto y la legitimidad frente a sus electores (o comensales).
Mientras votar blanco es como responder “Me da lo mismo” frente a la pregunta “¿Pollo o bistec?”, votar nulo es dejar que el plato se quede servido y enfriándose. Los dueños de restorán me podrán decir que eso es parte del negocio, que siempre habrá un margen de pérdida y que a lo más uno puede ir haciendo ajustes para disminuirlo, pero nunca llegará a cero. Les pregunto entonces qué pasaría si no fueran uno o dos los pollos y bistecs despreciados diariamente, sino cientos; qué pasaría si los clientes en bloque dejaran de comer carne. Y ahí no veo que haya otra respuesta que cuestionarse el enfoque completo del negocio, desde la materia prima hasta la decoración final.
En cuanto a los que critican el voto nulo como mezquino y falto de espíritu democrático, les replico que no es el caso tampoco, y concluyo una vez más con el paralelo culinario: suponiendo que en nuestro hipotético caso hubiera un solo restorán, lo mezquino y poco democrático sería comer en casa todo el tiempo, permitiendo así –por omisión– que el cocinero y los comensales lo ignoraran a uno por completo. Quien vota nulo, en cambio, es como el vegetariano que se presenta a la mesa, pide, rechaza las alternativas y se va a casa con la frente en alto y el estómago vacío… ¡ay de quien se lo sepa llenar!

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