07/11/09 Crisis y crisis

Crisis y crisis

Al convertirse en el primer presidente de izquierda en llegar al poder en 20 años, el ex periodista Mauricio Funes se refirió, en marzo pasado, a cómo la crisis económica golpearía a El Salvador. Si ya un 58 por ciento de sus compatriotas vive bajo el umbral de la pobreza –lo que significa subsistir con aproximadamente 1,25 dólares diarios–, Funes admitió que la depresión mundial arrastrará a 50 mil salvadoreños más bajo esta línea. Con una economía débil, basada en un par de exportaciones básicas como el azúcar y el café, este pequeño país centroamericano se sostiene con las remesas enviadas por sus emigrantes desde Estados Unidos. De hecho, un tercio de su población (2,3 millones) vive ahí y 720 mil siguen autoexiliándose año a año. Frenar ese flujo es difícil, si no imposible, considerando que hasta la versión más sobria del sueño americano supera las expectativas más optimistas de quedarse, capeando el desempleo, la violencia de las maras (pandillas organizadas) y la creciente desigualdad social. Rankeado en el lugar 106 de 182, según el índice de desarrollo humano de la ONU, El Salvador figura cerca de sus vecinos, Guatemala y Honduras, con expectativas “medias” de vida, alfabetismo, nivel educacional y producto interno bruto. Al otro lado del mundo, de acuerdo al mismo indicador, Australia se precia de ser la segunda nación con la mejor calidad de vida del planeta, después de Noruega. Y basta con revisar dos ejemplos sacados del área alimenticia para caer en la cuenta de que los problemas cotidianos de sus 22 millones de habitantes son los de un país con “alto desarrollo humano”. Primero: uno de los efectos de la debacle económica ha sido el crecimiento explosivo en las ventas de máquinas para hacerse el café en casa. “¿Aló, Japón?” Sí, tal cual. Fanáticos del brebaje, los australianos ahora se fabrican su cappuccino en casa en vez de comprarlo cada día en el take-away de la esquina. Y, aunque los precios no bajan de los 160 dólares por aparato (casi 80 mil pesos chilenos), a 3,5 dólares la taza individual, la inversión se recupera a los dos meses de uso.
Segundo: si bien es cierto que los dueños de restoranes las han visto negras y muchos han debido cerrar, la industria de delicatesen y productos exóticos ha vivido un auge inédito. Claro, con lo mismo que cuesta una ensalada césar, se pueden comprar 100 gramos de queso azul extra fuerte, lonjas de salmón ahumado noruego, eneldo y pan ciabatta fresco para armar un sofisticado tentempié. Programas de competencias culinarias como “Master Chef” son más populares que las telenovelas. Y los cursos de cocina reclutan desde jubilados hasta ejecutivos top.
De que “crisis” significa cosas distintas en países distintos como éstos no cabe duda. La pregunta es si no sería mejor llamar simplemente con otro nombre a dos realidades tan opuestas, sobre todo si no se quiere que la palabra se convierta en pura retórica.

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