Lanzas chicos, lanzas grandes

Hace unos días apareció una noticia en Mega que me dejó helada. Un lanza le quita la cartera a una mujer en Providencia y huye corriendo. Alunos peatones reaccionan ante el hecho y salen persiguiéndolo, hasta que lo arrinconan en un paso bajo nivel (¿quizás alguno de esos para entrar a la Costanera Norte?). Entre varios, lo “reducen” –como dicen los Carabineros– y comienzan a sacarle los pantalones. “Por hx#!!”, le gritan. “A ver si te quedan ganas de robar, pajarón”, lo increpan. La adrenalina aumenta, y siguen con los calzoncillos, el chaleco, la polera. Poco les falta para amarrar al pobre tipo a uno de los autos que van pasando, para que se arrastre por el cemento hasta que aprenda su lección, al mejor estilo western. Después de unos minutos, el lanza figura en calcetines, desnudo entre los conductores que bajan la velocidad, curiosos ante el espectáculo. Pide ayuda, pero nadie se la ofrece. Desde arriba, le caen monedas, botellas y basura, lanzadas por un grupo de observadores ciudadanos. El periodista-moralista concluye que hay satisfacción en el aire, porque “se ha hecho justicia”, pero al mismo tiempo reniega de esta modalidad, y dice que deben ser los tribunales y no la ciudadanía quien se haga cargo de los delincuentes.

El episodio me recuerda el diálogo registrado por San Agustín en La Ciudad de Dios, entre un pirata y su captor, Alejandro Magno. Alejandro le pregunta al pirata que cómo se atreve a causar problemas en el mar, a lo que el pirata contrapregunta cómo se atreve Alejandro a causar problemas en el mundo: “Porque lo hago con un barco pequeño me dicen ladrón, mientras que tú, que haces lo mismo con una gran flota, eres llamado emperador,” concluye el delincuente con claridad envidiable.

Junto con el comando de “no matar al inocente”, “no robarle al prójimo” es probablemente uno de los más enraizados en nuestra conciencia colectiva, desde que Moisés bajó del cerro con las tablas. Somos rápidos para condenar a quienes se adueñan ilícitamente de la propiedad ajena, pero somos al mismo tiempo bastante inconsecuentes al momento de distinguir los diferentes tipos de robo y su gravedad. Quizás porque su acto es directo, in situ, y aveces con fuerza física de por medio, los mini-lanzas son el paradigma del ladrón y objeto seguro de nuestro desprecio. A los lanzas grandes, sin embargo, parece que los absolvemos por omisión o resignación. Cuando una respetable compañía “por error” le cobra tres pesos extra a cada uno de sus ocho millones de clientes, nadie sale persiguiendo a su directorio con la “cartera” de 24 millones que se embolsa. Al contrario, aceptamos sus disculpas debidamente redactadas por el encargado de relaciones públicas, y así hasta la próxima.

Es probable que nuestra condena inmediata de los robos a pequeña escala sea herencia de nuestra historia evolutiva, de una moral a escala de pequeñas comunidades y con delitos siempre tangibles. Mientras no reflexionemos y nos adaptemos a la nueva escena, la mala suerte seguirá para los lanzas como el de Providencia, y la buena reinará para los lanzas corporativos. Justicia no habrá mientras no les demos el trato debido a ambos.

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 91 seguidores

%d personas les gusta esto: