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En la columna anterior plantée un par de preguntas que me gustaría hacerles a los nueve candidatos y candidatas a la presidencia, todas relacionadas con el lugar que ocuparán los recursos naturales en sus programas de gobierno. Como me quedé corta de espacio, prosigo aquí con otras inquietudes que se quedaron en el tintero, la primera de ellas directamente relacionada con Magallanes.

Se acaba de saber que el gobierno actual reinició la entrega de concesiones para salmonicultura en Magallanes (tras tres años de suspensión debido al virus ISA). La idea es entregar al menos 200 nuevos permisos en las Regiones XI y XII para quintuplicar la producción en tres años. En Magallanes solamente ya hay 47 concesiones aprobadas y mil solicitudes pendientes. Si estas “metas” se llegan a cumplir, ¿tomará su gobierno medidas concretas para evitar que se repita la historia de Chiloé? Después de dos décadas de salmonicultura intensiva en la Isla Grande y sus alrededores, no hay playa chilota donde no aparezcan los desechos dejados por esta industria. No hay que ser buzo profesional para darse cuenta del desastre provocado por una manera de crianza intensiva y poco respetuosa tanto de los animales enjaulados como del medio ambiente y de los habitantes de la zona. Para peor, como las empresas responsables ni siquiera tributan en Chiloé, poco es lo que la industria ha dejado en términos de “desarrollo” – a menos que por “desarrollo” se entienda la contratación y subcontratación de trabajadores por el sueldo mínimo, y carreteras donde los camiones con el alimento para los salmones van chorreando sangre y malos olores a su paso. ¿Dejará su gobierno que las empresas se “autorregulen” (tal como una vez lo propuso sagazmente un ex intendente de la X Región)? Considerando el aislamiento y el difícil acceso, ¿cuántos fiscalizadores habrá en terreno y se destinarán recursos extra para que éstos puedan moverse y llegar efectivamente a los lugares donde se desarrollarán las concesiones?

A pesar de ser el país con la mayor superficie de glaciares en la región andina, Chile sigue sin una Ley para la Protección de los Glaciares (un proyecto de ley fue aprobado por el Senado en 2006, pero terminó archivado por falta de patrocinio del Ejecutivo). ¿Apoyaría su gobierno la idea de resucitar dicha iniciativa, incluso si esto significa ir contra las presiones de las más grandes mineras del país?

¿Apoyaría su gobierno una ley para etiquetar tanto los productos transgénicos como los orgánicos, permitiendo así que los consumidores puedan tomar una decisión informada al momento de elegir qué comprar? ¿O seguiremos en la incógnita cuando se trata de saber lo que comemos?

Respecto a la administración de los parques nacionales, ¿seguirá centralizada como hasta ahora o tendrán por fin éstos la autonomía necesaria para gestionarse mejor? En el caso específico de Torres del Paine, ¿seguirán los ingresos de este parque financiando a los funcionarios de traje y corbata de CONAF Santiago o se quedarán por fin en la región, donde se necesitan para desarrollar una campaña fuerte contra el peligro de incendios, la recuperación de senderos erosionados y el mejoramiento de los caminos?

Dado el aumento en el tráfico ilegal de especies exóticas, especialmente pájaros y reptiles, ¿se tomarán por fin medidas drásticas contra los culpables, tanto traficantes como compradores?

Por último – y si bien ésta es una tarea principalmente para las municipalidades – promoverá su gobierno de alguna manera la tenencia responsable de mascotas? ¿Se exigirá que éstas lleven chip obligatorio y que se inscriban en un registro? Qué hará para acabar durante su gobierno con el drama de los perros y gatos callejeros y el problema de salud pública que conllevan?

Se habla mucho por estos días de la protección al medio ambiente. Los ambientalistas (o “cucos ambientalistas”, para algunos) están en alza. El desarrollo sustentable es un concepto que ha llegado para quedarse. Y la tan mentada Responsabilidad Social Empresarial se ha ido ampliando desde la inauguración de canchas de fútbol y salacunas en pueblos mineros perdidos en el desierto a la reducción de externalidades negativas ambientales y a la promoción de una imagen ecológicamente correcta. Pequeños detalles como llevar bolsa de género a la hora de las compras y cambiar las antiguas ampolletas sedientas de energía por minimalistas LEDs se van instaurando de a poco en el actuar colectivo. Tirar la basura por la ventana del auto en marcha se convierte en una costumbre mal vista y en extinción. Los ciudadanos empezamos a organizarnos por fin para exigir mayor transparencia en la aprobación de proyectos que ponen en jaque el entorno natural y la calidad de vida en él, y los EIAs son escrutados cada vez más de cerca por ojos cada vez más críticos y atentos.

Estos procesos son un avance, sin duda. Dejando la idea del progreso indefinido y de la Tierra como fuente inagotable de recursos, hoy se acepta (aunque sea a regañadientes) que los recursos son finitos, que la energía no hay que desperdiciarla y que ser sustentables no es un lujo, sino un asunto de supervivencia como especie a mediano y largo plazo.

¿Será muy pronto para pedirle a la humanidad que dé un paso más? ¿Que se olvide del medio ambiente y de su protección y asuma en cambio el cuidado y la protección de su “otro yo”? Ésta es la pregunta que plantea Fern Wickson, investigadora de Genok (Centro para la Bioseguridad de la Universidad de Bergen, Noruega), y para la cual se inspira en el concepto del “yo ecológico” del filósofo noruego Arne Naess.

Basta con echar una mirada a los más recientes descubrimientos científicos, sugiere Wickson, para darse cuenta de que las categorías de “individuo” y “medio ambiente externo” colapsan rápidamente cuando se afina el instrumento de análisis. Un ejemplo es el Proyecto del Microbioma Humano, que busca mapear las comunidades de bacterias, hongos y virus que nos habitan. Pues bien: cuando se descubre que la cantidad de células microbianas en el cuerpo humano es diez veces mayor que la cantidad de células “propias”, y cuando se sabe que muchas de esas células cumplen funciones esenciales para nuestro organismo, la clásica línea entre “yo” y “mis circunstancias” ya no es tan clara.

Sin ir más lejos, la simple constatación de que necesitamos oxígeno para vivir, y de que son las plantas nuestras proveedoras, debiera crear un vínculo – sugiere Wickson – más allá de lo instrumental.

El cambio de mirada no es fácil considerando que, al menos en el caso de Occidente, llevamos un par de milenios describiendo nuestra realidad mediante dicotomías: interno/externo, subjetivo/objetivo, cuerpo/alma, hombre/naturaleza, animal/humano. Por otro lado, sin embargo, la evidencia apunta a que el cambio de mirada es necesario y a que las tradicionales categorías no son sólo insuficientes, sino también inapropiadas.

En ánimo holista, asumir este otro yo, este “yo ecológico”, parte por darse cuenta de que nuestra red de interconexiones con “todo lo demás” está tan densamente tejida que cualquier intento de aislación es vano. Nos construimos en el medio, como parte de él y el medio – desde los alimentos que ingerimos hasta los espacios que habitamos – son parte de nosotros. La gran constatación de Ortega, de que yo soy yo y mis circunstancias, se transforma bajo este prisma en que yo soy mis circunstancias, y al revés. Quién sabe si no será ésta la gran constatación del siglo que empieza.

 

Esta columna apareció originalmente en Lamansaguman

Como era esperable ante la sugerencia de dejar de lado la carne por un solo día de la semana (en pro de la salud propia, de las demás personas, del medio ambiente y sobre todo en pro del bienestar de los animales mismos), recibí varias respuestas e inquietudes de lectores y amigos que paso a atender en lo que sigue:

  1. “Los Tuaregs no pueden vivir en el desierto y no comer carne.”

La idea del comentario es que comer carne, para al menos algunas culturas, es parte esencial de lo que son y de cómo lo son. Ok, toda la razón. Mi prima Berta vive en La Chacra, cerca de Castro, y parte de su negocio es vender lechones para la época del reitimiento chilote. No por eso la quiero menos ni la creo desalmada: en su mesa respeto que ellos coman carne, así como ellos también respetan que me quede con las papas y la lechuga. Pretender que el Lunes Sin Carne se transforme en una medida autoritaria y universal sería denegar que ciertos grupos humanos, efectivamente, aún la tienen como su sustento fundamental. El punto es que son minorías y que, la mayoría de las veces, son ellos mismos los que producen lo que comen: no conocen las bandejas de pechugas, sino sólo los pollos completos. En términos medio ambientales, en otras palabras, su daño es mínimo comparado con el que ocasionan las granjas industriales, que son lamentablemente las que proveen carne para la mayoría.

  1. “Yo como carne, y uno de los argumentos que más me conmueven y me invitan a pensar en dejarla es el del sistema productivo de la carne. Aunque más que dejarla, eso me hace pensar en disminuir el consumo y/o hacerlo más selectivo. El argumento del sufrimiento animal no me conmueve mucho, ya que pienso que hacemos sufrir a los animales (más bien a los ecosistemas) de muchas otras formas, como al consumir papel, sillas, vegetales, etc, todo eso implica cambio en el uso del suelo y por lo tanto perdida de habitat para animales.”

Entiendo que, para muchos, no es obvio que hacer sufrir a los animales sea algo moralmente incorrecto. Ésta es una de las preguntas más capciosas que me aparecen cuando me enfrento a un grupo de omnívoros: “¿Y si las espinacas también sufren? ¿Te morirías de hambre?” Pues no, obvio que no. Me la seguría comiendo, porque con lo poco que sé de biología me basta para saber que, sin sistema nervioso desarrollado, su “sufrimiento” (si existiera) sería tan extraño a nuestra comprensión que no podríamos aprehenderlo siquiera. Al contrario, el sufrimiento de un cerdo, de una vaca o de un pollo incluso me parecen tan evidentes e incuestionables que no tengo nada más que decir al respecto. Dicho esto, comparto la aprehensión de que hacemos sufrir a otros animales indirectamente, a través del consumo de madera o papel, por ejemplo. Y esto me hace pensar que, mientras no nos detengamos a pensar para qué consumimos todo lo que consumimos, seguiremos ganándonos el premio limón de las especies planetarias. Si bien no una solución, creo que en este caso específico el pensamiento de Albert Schweitzer es visionario: no nos queda más que asumir que para vivir necesitamos destruir, y ésa es la tragedia de la vida humana. Ante eso, la ética se impone como un deber de reflexión antes de la acción, pensar antes de actuar, preguntarnos con honestidad si de verdad el placer de comer foie gras vale el sufrimiento del pato al que le reventaron el hígado con grasa para que quedara más sabroso. En suma: pisar lo más livianamente posible sobre la Tierra, para parafrasear a otro filósofo visonario, el noruego Arne Naess.

  1. “Y si no nos comemos a los animales, ¿qué vamos a hacer con ellos?”

Esta pregunta-objeción es la que menos debería preocuparnos en la coyuntura en la que nos encontramos. Estamos a tantos años luz de que esto llegue a ocurrir siquiera, que no vale la pena ni preocuparse por responderla. En todo caso, es obvio que los 27 millones de pollos que mueren diariamente en Estados Unidos solamente (sólo por dar una cifra) no existirían si no fuera por el consumo desbandado. Y no puedo ver sino como tremendamente positivo que esos millones de vidas de miseria dejen de existir… Si bien hay algunos que quieren ir más lejos y apuntan a eliminar por completo la tenencia de animales, incluso domésticos, sólo lograr a la eliminación de las granjas industriales sería ya un paso gigante. En el vegetarianismo, como en todas las áreas donde se quiere crear conciencia, creo que no resulta ser talibán. Pero explicar esto sería motivo de otra columna…

Leo en la página web de Fundación Terram que, según reciente información entregada por el Ministerio Público, Carabineros e Investigaciones, los dos principales delitos contra la naturaleza que se cometen en Chile son el maltrato animal y la contaminación de aguas. Si mi inolvidable y estrictísima profesora de matemáticas, Nelda Barassi, hubiera leído la noticia, no me cabe duda de que habría exclamado “¡No mezcle peras con manzanas, mijito!”
Poner en el mismo saco la matanza de quiltros callejeros en la comuna de San Joaquín con los derrames de químicos contaminantes en la Laguna de Aculeo no sirve para aclarar el marco normativo –tanto ético como legal– al que deberíamos aspirar en nuestro trato con los animales no humanos, por un lado, y con el medio ambiente en general, por otro. Si lo que se quiere es una institucionalidad ambiental de verdad mejorada, deberíamos partir por trazar estas distinciones. Por un lado, están en juego los intereses de seres que sienten placer y dolor como nosotros (en el caso de los mamíferos superiores), que tienen vidas propias y cuyas capacidades cognitivas y emocionales apenas empezamos a comprender –la etología es una ciencia en pañales y sus descubrimientos suelen ser el mejor antídoto para el orgullo antropocéntrico. Por otro lado, está en juego la salud y sustentabilidad de los complejos hábitats donde estas vidas se desarrollan y de los cuales éstas dependen.
Pero la inconsecuencia no termina ahí. Entre los casos de maltrato animal, se incluye como emblemático el “asado” de dos culebras de cola larga perpetrado durante un reality show de Canal 13. Terrible, sin lugar a dudas, pero cabe la pregunta obvia: ¿por qué es maltrato animal comerse a las culebras y no lo es el asado de vacuno dominical de cientos de miles de chilenos? ¿Porque son nativas y están en extinción, porque simplemente está mal comerse a otros seres vivos y sintientes como nosotros, o porque es de pésimo –y literal– mal gusto? Si se opta por la primera respuesta, pues entonces lo que importa no es el sufrimiento del individuo, sino la importancia que éste tiene dentro del sistema, y el delito debería recalificarse como daño al medio ambiente –así como lo es cortar alerces milenarios para fabricar tejas. Si lo que importa es el daño directo al individuo, entonces si se castiga el asado de serpientes con más razón debería penalizarse el de vacas, chanchos, pavos y pollos, con quienes compartimos una historia evolutiva más larga y con quienes empatizamos mucho más. Podría decirse, incluso, que estos últimos la pasan mucho peor que las serpientes, quienes al menos tuvieron una existencia digna y libre antes de morir, y no vivieron encerradas bajo luces de neón prendidas 24 horas. Y que, por tanto, deberíamos preocuparnos por el bienestar de éstos de manera más urgente que por el bienestar de aquéllas. Por último, si lo que se está castigando es el gusto torcido de cazar serpientes y comérselas, la justicia estética debería prohibir con más razón los mataderos y los criaderos industriales de aves y cerdos.
Mientras no nos detengamos a revisar las similitudes y diferencias que deberíamos trazar entre leyes animales y leyes ambientales, pues ni modo que seguiremos confundiendo peras con manzanas, o mejor dicho, peras con perros.

Esta columna apareció originalmente en El Magallanes

Un verano en el que trabajé de guía en Torres del Paine me vi confrontada repetidas veces (aunque sin saberlo entonces), a las dos posiciones que suelen presentarse como antipódicas dentro del movimiento medioambiental. Frente a la vehemencia del Salto Grande y al imponente paisaje que lo rodea, buena parte de los turistas se sacaban una foto tras otra, se deshacían en exclamaciones acerca de la belleza patagónica y se alegraban de su suerte por sólo presenciar el espectáculo. Había otros, sin embargo, a quienes el caudal del famoso salto de agua los hacía pensar más en el derroche imperdonable de megawatts/hora: que esto era una fuente de energía única, que era una locura no aprovecharla y que nos imagináramos lo que podría ganarse con sólo instalar un par de turbinas… Mientras la tendencia de los primeros era a la “preservación”, la de los segundos se identifica mejor con la “conservación”. Hasta hace poco, pensaba que ambos términos podían usarse de manera intercambiable. Resulta que no.

Preservar y conservar son conceptos de los que se usa y abusa cuando se trata de hablar del medio ambiente, pero es importante distinguir sus significados. La distinción tiene poco más de un siglo y se puede hacer responsables de ella a dos figuras emblemáticas en los albores del movimiento ambientalista estadounidense: Gifford Pinchot (1865-1946) y John Muir (1838-1914).

Gifford Pinchot, fundador del movimiento conservacionista.

Como ingeniero forestal y primer director del Servicio Forestal de Estados Unidos, Pinchot acuñó el término “conservacionismo”: promover el cuidado del medio ambiente para su presente y futuro uso productivo. Los bosques eran para Pinchot, en último término, criaderos de árboles que había que manejar de manera sustentable para asegurar su continuidad. Más dado a la filosofía y a la mística, John Muir, en cambio, fundó el famoso Sierra Club y defendió a lo largo de toda su vida la idea de que la naturaleza había que cuidarla porque era un bien en sí, más allá de sus usos productivos inmediatos y/o a largo plazo. Ésta es la posición que hoy se identifica con el “preservacionismo”, y cuya primera manifestación explícita tuvo lugar a comienzos de 1900, en el conflicto por la construcción de una represa en el valle Hetch Hetchy, en el Parque Nacional Yosemite, California.

John Muir, preservacionista y fundador del Sierra Club

Mientras Pinchot apoyó la construcción de la represa en ese increíble valle glaciar, como “el mejor uso que podía darse a éste”, Muir peleó hasta su muerte contra ella. “Que inunden las iglesias y catedrales también entonces –alegó– ¡que nunca se ha visto un templo construido por el hombre más sagrado que éste!” Al final, la represa se construyó, pero hoy, más de un siglo después, las propuestas para eliminarla suenan cada vez más fuerte.

Me gusta pensar que Muir perdió la batalla, pero ganó la guerra. Y que es con su mirada, y no con la de Pinchot, con la que debemos abordar los proyectos que prometen pompas y desarrollo para unos pocos humanos, a cambio de una pérdida permanente para miles de seres vivos (humanos incluidos). ¡Qué ganas de que Muir hablara desde el más allá y opinara, por ejemplo, sobre Hidroaysén y Mina Invierno! Preservar y conservar: no confundir.

Decirle a alguien que es “ambientalista” en nuestro país suele ser una descalificación más que un halago, una manifestación de sospecha más que un signo aprobatorio. Los “ambientalistas” figuran, sobre todo en los medios masivos, como extremistas, descompensados, faltos de sentido común, estorbos al bien comunitario más que voces válidas con una propuesta diferente sobre lo que ese bien significa. Por estos días de crisis energética, sequía y evaluaciones de impacto ambiental cuestionables recién aprobadas, decirle “ambientalista” a alguien equivale a marcarlo con una cruz de escepticismo: ¿Será de los que quieren darles derechos a las piedras? ¿Será de los que quieren que volvamos a las cavernas para que reinen las garzas en el cielo, los tiburones en las aguas y los leones en la tierra? ¿Será de los que creen que sólo una guerra o una epidemia global pueden erradicar a este ‘cáncer’ llamado humanidad? El estereotipo del ambientalista es del hippie que se quedó pegado o del neo hippie que se niega al desarrollo económico, a los tendidos eléctricos y a las bolsas plásticas, pero disfruta igual de todas las comodidades que nuestro mundo civilizado le ofrece. Frecuentemente se lo acusa de inconsecuencia: “Tan verde que se cree y mira el auto en el que anda”. “Se llena la boca hablando de reducción de emisiones de carbono y mira todo lo que viaja en avión.” Et cétera.

Por mi parte, creo que el “ambientalista” no se opone al ciudadano de sentido común, sino a quienes no les importan ni el medio ambiente ni mucho menos sus pares, sino sólo la curva ascendente de sus acciones en la bolsa y un acaparamiento cada vez mayor de los recursos naturales, sobre los cuales mantienen prácticamente un monopolio de explotación.

Cual en una transmutación de valores nietzscheana, los realmente peligrosos se han puesto piel de cordero y dicen representar los intereses de toda la ciudadanía, mientras los genuinamente interesados por el bien común son estigmatizados como amenazas a éste. Para quien no lee entre líneas, los ambientalistas se convierten en el enemigo, en lugar del aliado; la oscuridad frente a la luz (y esto ya ni siquiera de modo figurado, sino literal, como se ha visto en una reciente campaña comunicacional para la aprobación de un mega proyecto eléctrico). Para peor, los atacados no tienen muchas herramientas para defenderse y, cuando reciben alguna ayuda externa para difundir sus ideas, ¡se los acusa de vendidos, traidores a la patria y hasta pro-imperialistas! ¿No es el caso hace rato, me pregunto yo, que el imperialismo se ha convertido en un peligro doméstico más que externo?

Preocuparse del medio ambiente no significa despreocuparse de las personas, porque ambos términos no son excluyentes, sino complementarios. Éste es el mensaje ambientalista que pocas veces se publica. Lo demás son caricaturas. El cuco es otro, en serio.

Esta columna también puede verse en Verdeseo y Modema

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